VIGENCIA DEL SUEÑO
Por: Juanjo Pascola
He soñado tanto, tanto, que ya no soy de aquí.
(Leon-Paul Morgue)
Conforme la vida se hace más intensa y difícil de sobrellevar, se requiere, en calidad de urgente, una cura para rescatar del fango el alma atribulada. Para ello, se leen libros que revelan los misterios de los grandes maestros y auguran iluminación instantánea. Se practican enigmáticas disciplinas esotéricas y se invocan fetiches y amuletos para cambiar nuestro destino tan adverso. Se consultan manuales de autoayuda, ciñendo la existencia a métodos que saquean los vestigios de sabidurías antiguas. Y no obstante, el antídoto para el vacío espiritual aún no se inventa.
En su Tratado de la desesperación, Sören Kierkegard diagnostica a este mal de nuestro tiempo como la “enfermedad del alma” y su pronóstico es de fase terminal. Por su parte, don Juan Matus aconseja tomar un "camino de corazón", para atenuar ese vacío. Y sin atajos, añade que el camino de corazón más directo es la aceptación del presente como el último día de nuestra vida, pero no como un conjuro alegórico, sino en conformidad y de acuerdo a nuestra condición finita.
De la aceptación humilde y rigurosa de este precepto se han desprendido símbolos, doctrinas y dioses tutelares de muchas culturas "primitivas". Don Juan Matus -vocero y practicante de la toltequidad -según Carlos Castaneda- define el camino de corazón como un camino de conocimiento, y nos exhorta a tomar un sendero espiritual genuino y único, apartado de toda rutina y donde cada experiencia sea irrepetible.
Esa vía corre paralela a la doctrina del Bushido de los samuráis:
" …es la aceptación total de la vida, vivir incluso cuando ya no se tengan deseos de vivir. Esto se logra aprendiendo a morir a cada instante de nuestra vida, viviendo el aquí y el ahora, sumidos en el eterno presente". No es casual que el aquí y el ahora de los samuráis y el del anarquismo político guarde coincidencias con la vitalidad contemplativa de los poetas románticos.
De los utopistas surgidos a contracorriente de la Revolución Industrial, fueron los poetas románticos, los más soñadores, los menos productivos. Con el positivismo científico como ideología dominante y el axioma cartesiano Pienso, luego existo, como sustento filosófico, la era industrial margina de forma automática a los que no se incorporan a sus tiempos productivos. La aceleración de los procesos industriales con el uso de los combustibles fósiles, violenta el ritmo natural de la experiencia humana y separa al hombre del universo y de su conciencia cósmica. Doscientos años después el modelo de desarrollo no ha variado cualitativamente. La Teoría del Progreso progresa. "No somos mejores, somos más rápidos", afirmaba Einstein. Damos la vuelta al mundo en 24 horas, mientras el vacío espiritual se acrecienta a la N potencia.
Por ello los poetas románticos nos inducen a soñar, a alterar el axioma cartesiano que sería: Existo, luego pienso. Poetas visionarios como Schiller, Novalis y el mismo Hölderin en Alemania, o como en Inglaterra Lord Byron, Keats, Wordsworth y William Blake con sus cantos proféticos, perforan la membrana del pensamiento lineal y penetran al mundo de las imágenes engendradas por el alma. Sus vivencias son apasionadas y sus visiones profundamente espirituales. Poseen las llaves del sueño y las usan como herramienta metafísica: "El sueño nos revela de manera extraña la facilidad con que nuestra alma penetra en cada objeto –con que se transforma instantáneamente en ese objeto", analiza Novalis en sus experiencias oníricas.
El sueño de los poetas románticos no es sólo un soñar despierto, sino también un ejercicio espiritual, al mismo tiempo generoso y subversivo. Generoso, porque es una guerra perdida de antemano que no espera ni botín ni recompensa. Es subversivo porque soñar es una actividad radical, socialmente improductiva. Pero sobre todo, es radical porque entabla contacto con lo divino y vuelve obsoleto el cielo prometido de las religiones.
Cuando Hölderlin sentencia que "El hombre es un dios cuando sueña, y un mendigo cuando piensa", prefigura el Simbolismo y el Surrealismo de un siglo después. Hölderlin celebra la revelación de no pertenecer a la raza de pordioseros que deambulamos por los callejones de la vigilia con la mano abierta, implorando las dádivas de la razón. Se unge como un dios al rescate de la semilla olvidada del sueño, del sueño como agente liberador. Hölderlin cultiva el sueño con generosidad ya que su mente divaga durante cuarenta años en el umbral de la demencia, entre las brumas que son "semejantes a sueños… En mi existencia ya no había ni dormir ni despertar. No era sino un sueño continuo."
El sueño de aquellos poetas visionarios perdura y cobra vigencia porque es recurrente y generoso. A través de la contemplación, ellos retoman la mirada interior de los grandes místicos y hacen del espíritu una religión y de la naturaleza un templo. Una relectura de la obra de estos poetas idealistas, ayudaría a sosegar la cotidiana estampida mental en la que nos desenvolvemos.
Su alma de niños sigue abierta para que los seres de la presente edad del mundo miremos dentro. "Aquí y ahora, sumidos en el eterno presente".
A SCARDANELLI*
Ladera de piedras
Rompe la pendiente
Sendas distantes
Por donde me pierdo
Y extirpo cada espina
De lo más hondo del pensamiento.
El tiempo es el padre original
En él caben todas las cosas
Caben dolor vida y muerte
En ese orden
Transcurro y me muevo
Bajo las estrellas.
La voluptuosidad de las montañas
Me llama desde la lejanía
Beso la tierra que respira:
Embriaguez de relámpagos
Estallan en mi mente
Iluminan instantes
De mis manos oscuras.
* Nombre con que Friedrich Hölderlin firmó muchos poemas publicados en castellano bajo el título Poemas de la Locura. Poesía Hiparión, 1982.
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