LA VIDA ES SAGRADA
Por: Ángel Sánchez
SOY UN PEREGRINO EN ESTA TIERRA. Desde mi infancia supe que la vida es un viaje espiritual. Una aventura del alma. Y hoy, más que nunca, quiero gritar con voz de trueno capaz de retumbar en todos los rincones del palacio de la Humanidad: ¡el Amor es Verdad!
En esta Babel contemporánea, donde la sangre de la tragedia más estúpida nos salpica el rostro todos los días, donde reina la confusión, la ignorancia y la pobreza material y espiritual, la poesía tiene muchas alternativas: puede celebrar la ceguera colectiva, vomitar la experiencia de la miseria humana o bien invocar la grandeza de una raza cósmica, esa luz espiritual que todos los seres humanos, aunque sea en lo más hondo de cada quién, compartimos: el misterio de nuestro origen divino.
Una bendita tarde llegué a la cima de cierta montaña sagrada y experimenté la intensa belleza, la plenitud extraordinaria del cosmos. El mayor tesoro que hombre alguno puede encontrar en este mundo: una nueva mirada, otra dimensión de la realidad que se abre a la conciencia, una realidad llena de color, de música, de plenitud e intensidad, la experiencia de ser uno con el árbol y la fuente, con el santo y con el asesino, de ser uno con la amada en el lecho nupcial y en las remotas estrellas en lo más profundo de la noche, experiencia mística, comprensión íntima del Amor Universal, comunión con Dios, dolor intenso por la propia barbarie, extraordinaria felicidad en la inaudita armonía del Ser.
Ante semejante lección de la vida, no hay camino de regreso a los pantanos de gris melancolía de los pavimentos urbanos. Uno no puede engañarse: cuando se ha conocido en toda su intensidad la belleza de la vida, resulta imposible aceptar las hipócritas reglas del juego y las torpes rutinas mentales de una sociedad egoísta y enana. Por eso canto a la luz, poeta psicodélico de lo divino que se embriaga con la copa de la vida. Soy un hereje múltiple: disidente de la ideología pequeño burguesa, disidente del materialismo histórico, disidente del ateísmo snob, del vampirismo fresa, del catolicismo hipócrita, disidente de la poesía maldita. Rupestre, pacífico, primitivo y alegre retozo desnudo por los paisajes de cada día, sin vergüenza ni de mi cuerpo ni de mi Dios.
Cuando uno ha puesto el pie en la tierra prometida es difícil aceptar la miseria espiritual, propia y ajena. Hay una rebelión interior contra uno mismo y contra el mundo. Una necesidad de repetirse uno mismo y gritar en voz alta que hay un lugar más allá de nuestra cobardía y nuestra torpeza, que vivimos en un jardín, que somos hermosos, pequeñas estrellas errantes en un planeta encantado. Aún en lo más sórdido de esta prisión poseo un barco que dibujo en el aire y donde navego, a partir de siempre, la espuma de las aguas universales.
La vida y la poesía son la misma aventura. Y en mi caso, mis andares sin rumbo, mis vivas derrotas, mi rabia, mis poemas, mis besos, mis amores y mis pecados son todos una ofrenda peregrina en el altar milenario donde arde el fuego del espíritu humano, en la cima de cierta montaña que se levanta majestuosa en todo lo alto del cielo, en el centro del planeta de mi mente.
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Ángel Sánchez
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