MARGARITA Y LA REVOLUCIÓN
Por: Luis G. Guerra
Los Encinitos de Agua Dulce es un pequeño pueblito completamente rodeado de montañas. Con su manantial y sus árboles serranos, la visita a este lugar encantado, bien vale la caminata de dos días a campo traviesa desde la carretera más cercana.
Así es que, hace unos años, cuando mi hija Maya, vino por primera vez a visitarme a Real de Catorce, la llevé allá. Maya tenía catorce años en aquel entonces, y yo sabía que le gustaría la caminata. Cuando llegamos a Encinitos, fuimos a visitar a mi amiga doña Margarita. Aunque es pequeña y bastante anciana, doña Margarita es de constitución fuerte, con vista certera y genio aguzado.
Ella nos recibió con mucho cariño y nos invitó a desayunar. Como esperaba nuestra visita, ya estaba preparando los alimentos. Estaba haciendo tortillas, y había una olla de frijoles sobre el fuego, y una sartén con nopalitos, una de las verduras más populares de México. Doña Margarita estaba friendo las pencas con cebolla, ajo, tomate y un tantito de tomillo.
La anciana nos sirvió la comida en sencillos cuencos de peltre. Yo comí con mucho gusto el delicioso platillo. Pero mi hija había cuidadosamente apartado sus nopalitos a un lado del plato, y comía sólo los frijoles y las tortillas.
"Doña Margarita," dije, "esta banca en que estamos sentados está tan gastada que debe ser de la época de la Revolución."
"Las montañas y yo sí estábamos aquí cuando la Revolución, quizás la banca también."
"¿Cómo fueron aquellos tiempos?" le pregunté.
Doña Margarita sonrió
traviesamente y nos miró a mí y a mi hija. "Déjenme contarles el cuento de los nopales, y de cómo salvaron al pueblo." Y procedió a contarnos un suceso que había presenciado cuando ella tenía sólo siete años.
Aquella mañana, hace ya tanto tiempo, el sol empezaba a asomarse sobre las montañas y Margarita estaba recogiendo agua en la fuente, cuando los vio, los soldados.
La cima de la montaña al este estaba bordeada de hombres a caballo, sus siluetas recortándose contra el sol. Margarita volvió su mirada hacia el oeste, y allá, en la cima opuesta, había otra fila de hombres armados a caballo, los cañones de sus carabinas relumbrando al sol.
Los dos bandos estaban listos para la batalla y Los Encinitos iba a ser el campo de batalla. Durante unos cuantos minutos que parecieron horas, un silencio mortal llenó el valle. De repente, los soldados al este lanzaron al unísono un grito: "¡Que viva Carranza!"
Había llegado el momento de la verdad.
Entonces los soldados al oeste respondieron, aún con más fuerza: "¡Que viva Carranza!"
¡Todos eran del mismo bando!
Acabado su cuento, doña Margarita se rió a carcajadas.
Para mi hija, sin embargo, todavía le faltaba algo al cuento. "¿Y qué sucedió con los nopalitos?" preguntó Maya. "Usted dijo que éste era un cuento sobre cómo los nopales les salvaron la vida, pero no hubo batalla, todos los soldados eran del mismo bando."
"Ay, caray!"
dijo doña Margarita. "¿Qué importa que todos fueran del mismo bando? ¡La cosa es que eran soldados! Y tenían hambre. Bajaron de la sierra, y cargaron con toda nuestra cosecha. Se llevaron el maíz y los frijoles. Y lo que no pudieron cargar, lo quemaron, para que el enemigo se quedara sin comer."
"Durante muchos meses, vivimos sólo de nopalitos. ¡Los nopales nos salvaron la vida!" Doña Margarita sonrió.
"M'ija," dijo, "aquí en esta tierra, somos dos veces bendecidos, una, por la abundancia de nopalitos, y otra, porque nos gustan tanto!"
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