Nº15
publicación mensual
marzo 2007
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ENTREVISTA

VANNI ZAMBONI E ALESSANDRA SITTA

Por: Valerio Monti

Un sábado en la mañana llegan a desayunar a mi restaurante, El Cactus, Vanni y Alessandra, dos aventureros italianos. Inmediatamente nos encontramos a nuestras anchas y empezamos a platicar de cualquier cosa como viejos amigos que se vuelven a encontrar. De hecho, me parece sorprendente el que se haya instaurado una relación tan fluida y sincera en tan poco tiempo entre personas prácticamente desconocidas. Vanni tiene 53 años y Alessandra 43 y viajan en una Toyota Land Cruiser, de nombre Carolina, que trajeron desde Italia y que los lleva alrededor del mundo. El proyecto de este viaje, que empezó en noviembre de 2005 y que se divide en 4 etapas, es de recorrer el territorio de Ushuaia a Alaska; atravesar todo el continente americano, de polo a polo. Es una aventura emocionante que llevan adelante con la suficiente calma para poder tener el tiempo de conocer gente y lugares. En este momento se encuentran en la tercera etapa: de Costa Rica a México, y que se terminará al llegar a La Paz, Baja California, el 6 de marzo. Después regresarán por dos meses a Italia, y luego otra vez en México para empezar la cuarta y última etapa de su travesía que los llevará hasta Alaska. Quiero agradecer de antemano a Vanni y Alessandra por su disponibilidad al relatarme las aventuras vividas en este viaje.
Valerio – ¿Que te parece Real de Catorce?
Vanni
– Es un pueblito muy interesante y me encanta, y mi deseo es que pueda tener un desarrollo verdaderamente integrado, no tan solo en el sentido económico. Espero que se logre sobre todo mantener la cultura del lugar y estoy convencido que ustedes lo van a lograr.
Valerio – Cuéntenme algo sobre Carolina, la camioneta que los acompaña en todos sus viajes.
Vanni
– Carolina se refiere a un sueño de hace muchos años, cuando aún trabajaba y soñaba despierto con el día en que hubiera dejado mi trabajo para poderme dedicar más a mi mismo y necesitaba pensar en un medio de transporte que no fuera un avión, dadas mis condiciones económicas, que me diera la posibilidad de viajar por el mundo y decidí entonces que lo mejor sería un buen carro. Un amigo me aconsejó esa camioneta, la cual venero con todo mí ser. Es una Toyota Land Cruiser modelo 1984, 4 litros, diesel, 6 cilindros… prácticamente un camión disfrazado de carro. Ya se hizo el recorrido desde Italia hasta la India, cruzándola por completo. Hemos atravesado África desde el Océano Índico hasta el Atlántico junto con Alessandra, y este es el tercer viaje que emprendemos con el objetivo de atravesar el continente Americano y para tener de que hablar cuando seamos viejitos recordando el viaje que nos llevó desde Ushuaia hasta Alaska.
Alessandra – Pero Vanni, háblale más de Carolina, de tu compulsión hacia ella…
Vanni – La compulsión se debe también a mi felicidad al viajar; si no eres preciso y atento…
Alessandra – En ciertos momentos Vanni me pidió que le sacara una foto a Carolina en una determinada posición ¿ves a lo que me refiero? Carolina es protagonista del viaje al igual que nosotros ¿entiendes?
Vanni – Ella es la que nos permite ver todo eso que vemos en los viajes.
Alessandra – Ya hemos llegado al punto en que es como si ella tuviera un alma porque nosotros se la hemos otorgado, así que en realidad es un viaje entre tres…
Valerio – ¿A qué se dedicaban antes de empezar a viajar por el mundo?
Vanni
– Yo trabajaba con mi hermano en una empresa que nos dejó nuestro padre. Habíamos llegado al punto de tener que decidir dar o no el brinco para arriba, quedarnos en la condición de artesanos de medio nivel o pasar al nivel de una grande industria… nos miramos a los ojos y nos declaramos incapaces para ello. Entonces a pesar de la tristeza que provocamos a nuestro padre, quien había empezado este negocio, decidimos poco a poco ir cerrando. En ese entonces teníamos 120 empleados, no despedimos ninguno de ellos y aún hoy nos tratan con mucho respeto y cariño porque entendieron la situación. Desde ahí nos empezamos a dedicar más a nosotros mismos y hoy en día mi trabajo es ocuparme de mi compañera. Es un trabajo que en realidad no me pesa y me apasiona, pero básicamente sí, se trata de un trabajo… (hacia Alessandra)… te tengo que cuidar, te llevo de acá para allá, me encargo de curarte cuando estás enferma…
Alessandra – Yo era arquitecta hasta hace un par de años, pero Vanni me insistió mucho que dejara mi trabajo para que viajáramos juntos… llevábamos un par de años de conocernos. Mi profesión me encanta pero la desempeñaba en un despacho en Boloña donde a fin de cuentas no tenía grandes satisfacciones, entonces decidí dejarlo también porque yo se que puedo volver a empezar cuando quiera trabajando de forma independiente. Ahora, por ejemplo, cuando no estamos de viaje, me dedico a pequeños proyectos para los amigos, y también a pintar. Digamos que he canalizado mi creatividad que empleaba en los proyectos de edificios hacia la tela y el pincel y hago unas pinturas que luego regalo a mis amigos. En algún momento quiero organizar una pequeña muestra con mi obra en Boloña o en Forlí.
Valerio – Esta tercera parte del viaje terminará en La Paz, Baja California, luego habrá una cuarta parte…
Vanni
– Yo espero poder lograr pasar rápidamente por los Estados Unidos que nos interesan menos realmente, y lograr viajar en junio, julio y agosto a través de Canadá para llegar a Alaska en el mejor momento, cuando hace menos frío y hay menos hielo.

Deseamos mucha suerte y un feliz viaje a nuestros amigos.
A continuación quiero publicar una pequeña nota extraída del diario de Alessandra en su excursión en caballo hacia el cerro del Quemado.
Mientras tanto, Refugio, un muchacho del pueblo, nos ayuda con las maletas y nos propone acompañarnos a una excursión en caballos a la montaña sagrada de los Huicholes. Imposible rehusar. Llega a las 4 de la tarde con dos pequeños caballos. El mío se llama Marrano y el de Vanni, Bucanero. Nos trepamos en las sillas, yo con cierto temor… un trauma de hace años atrás todavía no se me olvida… han de ser 15 años que no monto un caballo. Estoy muy agitada pero me doy cuenta luego que Marrano es muy tranquilo y que puedo confiar en él. Refugio nos acompaña montando una mula. La primera parada la deciden los mismos animales que se detienen a tomar agua en el pueblo todavía, donde hay otros dos caballos montados por dos lugareños tomando agua también. Seguimos nuestro viaje pasando por las ruinas de los edificios de la vieja mina de San Agustín. Marrano siempre caminando al borde del barranco… !pobre de mí! La vereda se mete entre los declives de las montañas que conducen hacia el desierto, persiguiendo el oeste. El paisaje es encantador y las montañas lucen llenas de cactus típicos de estos climas. Estamos a la altura del Trópico de Cáncer. El frió es penetrante, pero afortunadamente traigo puesto mi poncho de lana que compré en Guatemala… parece como si estuviéramos adentro de un pesebre y nosotros los Reyes Magos. Se respira una gran energía aquí… el aire seco, el paisaje apocalíptico. Refugio nos cuenta que antes de las minas esos montes estaban cubiertos por árboles. Los españoles acabaron completamente con ellos para quemarlos en los hornos de extracción del metal… nada nuevo… eso suena desafortunadamente muy familiar después de meses de viaje a través de las ex colonias españolas. A lo lejos se distingue la montaña sagrada, de más de 3.000 metros. Los huicholes vienen aquí dos veces al año, atravesando cientos de kilómetros que separa su lugar de origen de este valle sagrado. Aquí, adentro de un círculo rodeado por piedras, celebran sus ritos milenarios, la comunión con el dios Híkuri, por nosotros conocido como Peyote, el cactus alucinógeno. Lo que pasa durante sus ceremonias es fácilmente imaginable… y aquí los chamanes celebran sus ritos y curan a los enfermos. Llego a pié hasta la pequeña capilla construida exactamente en la punta de la montaña hecha de piedras y protegida por una reja que impide el paso. En su interior, apoyadas sobre la pared, hay velas de diferentes dimensiones con cintas de tela. En el piso, unas jícaras para las ofrendas a los dioses, y sobre una ménsula la calavera de una chiva y su rabo. El piso de tierra apisonada tiene rastros de los rituales mágicos, cera, sangre seca, yerbas secas. Me da particular gusto el hecho de que los turistas no tengan acceso a estas ceremonias. El riesgo es que para algunas ganancias fáciles estas antiguas tradiciones terminen con perder sus verdaderos sentidos para volverse puros espectáculos vacíos de contenido. De todas maneras estamos aquí rodeados por la magia de estos círculos concéntricos hechos de piedras, y nadie más que nosotros. De repente, un sonido apenas audible se difunde por el aire… es el tren que corre en el inmenso valle desértico debajo de nosotros, nos informa Refugio. Pero nos gusta pensar que también este sonido, como la energía que sentimos, viene llegando desde la lejanía de los territorios huicholes, como un nostálgico canto hecho por un lejano chamán, milagrosamente alcanzándonos aquí. La luz del sol ya está en el horizonte. Persiguiendo nuestras largas sombras, alcanzamos los caballos más abajo. Bajamos montados en ellos las rocas que ahora son de color violeta, y las estrellas nos acompañan en el último tramo del recorrido. Los caballos encuentran el camino entre las sombras de la noche. Las luces del pueblo se acercan y nos dan seguridad, mientras el frío picante más intenso nos enchina la piel.

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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