PUBLICACION MENSUAL - 1 de DICIEMBRE 2005 - NUMERO 3




ENCUENTROS CERCANOS CON "EL JERGAS"

Por: Nareden

Desperté que me dolía la cabeza, yo creo de un golpe que me he de haber dado al caer. Todo estaba muy oscuro y se sentía el aire húmedo de las entrañas de la Tierra. No sé cuanto tiempo he de haber estado ahí tirado en el piso. Lo único que me acordaba era de haberme metido por una grieta en las paredes del túnel que desemboca en Real de Catorce, una grieta en donde, se decía, años atrás se había muerto un alemán al ir en busca de una mina antigua. Y por ahí mismo, desafiando la leyenda, me había metido yo, no tanto en busca de la mina, ni del oro, siguiendo más bien una obscura curiosidad, un invisible rastro que me condujera al mentado "Jergas". Por lo visto hasta el momento había tenido más suerte que el alemán porque, aunque golpeado, seguía vivo y enterito. Al levantarme empecé a seguir a tientas el llamado de un aire tibio que soplaba desde quien sabe donde sobre mi rostro. Apoyando las manos en las paredes y cautelosamente afianzando cada paso en el piso indistinguible da la oscuridad alrededor, he de haber andado unos cuantos kilómetros en medio de dos únicos sonidos: mi respiración y la del fondo del túnel, cuando de repente a lo lejos empecé a distinguir una luz amarillenta, casi impalpable. Seguí adelante ¿Que más podía hacer? entre la emoción de mi curiosidad y el miedo aterrador a lo desconocido que me esperaba ahí adelante. Una lámpara de carburo de la que emanaba la luz que me había guiado estos últimos pasos, colgaba en la entrada de lo que parecía un cuarto amplio, y hasta eso, confortable, lleno de objetos de todo tipo; como hipnotizado empecé a mirar alrededor: fierros oxidados, piedras de diferentes tamaños, cristales en bruto, lámparas de petróleo, cuerdas, en fin... de todo. En un estante había una colección de piedras y minerales, en una mesa en el centro del cuarto, unas hojas de periódico envejecidas, unas tazas de cerámica, un libro que, al acercarme me di cuenta de que se trataba de "Alicia en el País de las Maravillas"; unas llaves, grandes, como las que se usaban antes, y quien sabe que tantos tiliches más... pero deje de observar de repente esa inusitada colección de caos por el sobresalto que casi me hizo gritar, al oír una voz que decía - Pásale... ¿que se te ofrece?- entonces me di cuenta de que, sentado en un sillón que me daba la espalda y apuntaba hacia una inmensa roca en la pared, estaba alguien fumando un cigarro, o a lo mejor una pipa... La voz ronca y cálida volvió a hablar - ¿Como llegaste hasta aquí? ¿Qué buscas?- Yo no tenía respuesta y detuve el aliento cuando vi levantarse al hombre que había hablado. Tenía el rostro de un hombre maduro, de barba espesa y piel oscura, llevaba un casco de minero azul en la cabeza, su rostro apacible en un instante calmó adentro de mí las ganas de salir corriendo, de atravesar incluso las paredes. En el mismo instante caí en la cuenta de quien era aquel individuo que se me quedaba mirando. Ahora se trataba de apretarme el cinto de mis emociones y enfrentar mi presente ¿Acaso no era justo lo que andaba buscando? Hasta la pregunta que pujaba en mis labios resultaba redundante: ¿Quien eres? y la evité. Tomé asiento junto a la mesa y evitando enfrentar su mirada, me quedé viendo los pequeños destellos que provenían de algunas piedras en el estante. Después de un buen rato de silencio empezamos a conversar ¡ni me acuerdo de qué! de una y otra cosa, de los objetos regados por ahí, de los mitos y leyendas, de los tiempos antiguos. Ahí supe que el piedronón frente al sillón al fondo del cuarto era el que al caer en un derrumbe de la mina, lo había aplastado, supe que los dientes que veía brillar en su sonrisa eran del oro sacado de aquella misma profundidad en la que nos encontrábamos y que todos los objetos que mal distinguía a mi alrededor eran las pocas pertenencias de aquel hombre casi desconocido en el tiempo en que vivió. Cuando le pregunté sobre el porque llevaba a la gente que lo encontraba a perderse en las entrañas de la Tierra, como decía la leyenda, me contestó que él jamás había llevado a nadie, y que lo que hacía que la gente se perdiera en el fondo del hoyo eran simplemente su ambición o su curiosidad - de hecho - me dijo - por cualquiera de estas dos cosas es siempre por las que el hombre se pierde o se enriquece... yo nadamás les indico por donde sigue el camino -mientras hacía seña hacia una hendidura en la pared, casi invisible, situada a un lado de la roca y por donde soplaba el aire húmedo y tibio, ahora me daba cuenta, que me atrajo hasta ahí. Me dijo que por ahí, unos kilómetros más adelante encontraría una Y griega, por un lado encontraría el camino de regreso a la superficie, por la otra iría hacia el corazón de la vieja mina. Lo increíble fue que al llegar ahí no me acordaba ya cual de las dos era la que me regresaría a mi mundo. Solo ahora me doy cuenta que durante todo el rato en que estuvimos platicando a los dos lados de la mesa, por extraña que fuera la situación, por inusual que fuera mi sentir, nunca reparé en el hecho de estar conversando con un ser diferente a mí, y por eso quizás se me olvidó preguntarle lo único que esperaba preguntarle y que era: ¿ Jergas, tienes conciencia de ser un fantasma?. Agarré a la izquierda, llevo horas y horas caminando, quizá un día entero, incluso días ¡no lo sé! Por aquí caen gotas de agua del techo pero de alguna manera, no siento que me mojen. En un descanso que encontré, a la luz de esta lámpara de carburo que llevo conmigo, decidí escribir estos apuntes por si no llegara a regresar, quizás alguien algún día sabrá que ¡sí, lo encontré! ¡El Jergas vive aquí abajo!