N°11
publicación mensual
agosto 2006

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EL VENERABLE FRAY JOSÉ DE SAN GABRIEL

Los primeros años de San Luis Potosí colonial no fueron nada pacíficos, al contrario. Mal imán es el oro para la fundación de los pueblos. Y ese fue precisamente el imán que atrajo a este Valle los primeros pobladores. Cuenta fray Diego Basalenque, el exacto cronista agustiniano que aquí, en el recién fundado Pueblo y Minas de San Luis, en descubriéndose la alta ley del oro, "con este alegrón voló la fama, y acudían de todas las ciudades y demás reales de minas, de arte que, en pocos días, se vio una congregación de mucha gente". Gente, por supuesto, de toda laya, lo mismo cristianos viejos, muy católicos ellos y de íntegros procederes, que truchimanes desaforados, jacareros y litigosos, a los que nunca jamás turbó el sueño el seguro riesgo de acabar en los infiernos.
Uno de ellos, el malfamado cántabro José de Regoitia, a quien -dice Arlegui- "el desbocado apetito de su juvenil ardor le precipitó en el negro abismo de incontables desafueros y torpezas". Vino a estas partes, cuando ya el Pueblo de san Luis había tomado forma y le daban alto renombre entre las ciudades de la Nueva España sus minas y su comercio y sus muchas haciendas de beneficiar metales, a buscar riquezas, mas no era su genio a propósito para atesorar caudal. Soltero, buen mozo, gracioso y decidor, sin padre ni madre que lo redujeran a sujeción, vivía licenciosamente, no haciendo más que muy malas cosas de ver.
En eso ocupaba el desorbitado mozo los días y lo más de las noches y eso era su predilecta afición, toda puesta en bullanguerosos alborotos. Su comportamiento pringoso e indomable lo arrastraba de continuo a sangrientas pendencias o a torpes devaneos con las mujeres pecadrices. En las noches de luna se juntaba con otros de su idéntica ralea a jugar a las cartas en los tupidos mezquitales que rodeaban al pueblo y hasta donde no alcanzaba la mano de los celosos alguaciles. De eso sacaba su nutrimiento, de apañar a los demás codiciables tejuelos de oro que luego volvía nada en toda clase de borracheras y profanidades, con lo que venía a quedar como antes.
Pronto se hizo mal quisto. Hasta sus mismos amigotes, no sólo las personas de bien y de sosiego, le empezaron a voltear la espalda. "Ninguno -añade el citado fraile cronista- se atrevió darle la mano, motivo porque viéndose sin fomento, discurrió por varias partes de este reino sin hacer asiento en parte alguna, por cuya causa, después de vagar por los reales de minas, vino a dar al Mazapil, en que aunque había mucha plata y mucho oro, como la tierra era tan desapasible y árida, había mucha falta de gente para su beneficio". Estaba este Real de Minas tan dejado de la mano de Dios, que nadie quería ir por allá a la labor de aquellas vetas. El oro, allí, había perdido su irresistible imán. Cuantos más filones, gruesos, largos, macizos se descubrían, más se dejaba sentir la carencia de hombres para su laborío. Al alborozo del descubrimiento de otra mina, se empalmaba la desesperación de no encontrar quien la trabajara. Nadie quería ir al Mazapil. Y uno tras otro se quedaban los mineros con sus catas ociosas.
Como las minas eran el principal sustento de las otras actividades mazapileñas, al no rendir nada aquellas, languidecían éstas. El menoscabo era general, y uno a uno fueron cerrando las puertas los comercios, tendajones y talleres, todo por falta de brazos. Los primeros en alejarse del macilento Real, fueron los hombres y mujeres de vivir fácil. Con esto, el malfamado José de Regoitia se volvió a quedar sin con quien hacer pecaminoso contubernio.
Mas no se resignó a esta forzada soledad. Como era de ánimo intrépido y valeroso y estaba bien aparejado para cualquier empresa menos justificada, mayormente si con ello encontraban recreo sus nefandas pasiones, discurrió un modo para llevar hombres al Mazapil. En delictuoso compadraje con otros de su ralea, se allegaba a Charcas, a Ramos y a San Luis y a otros reales circunstantes, donde escogía a los negros, indios y mestizos más diestros en el arte de sacar metales, y de noche los asaltaba y raptaba para llevarlos en rigurosa cuerda, codo con codo, a servir de esclavos en las catas de Mazapil. Allá los infelices, tras de sufrir la dolorosa contumelia de verse sin libertad, eran aherrojados en lo interior de las minas, hasta que soltaban pronto el alma por los muchos sufrimientos y trabajos y el ningún pan y consuelo.
"En este cruel ejercicio de violentar hombres para las labores de dichas minas -cuenta el seráfico Arlegui- se ejercitó muchos años nuestro José, bien en perjuicio de su quietud y de su conciencia. Sucediéronle en esta arriesgada ocupación y cruel ejercicio muchos e incontables infortunios, porque las justicias de las ciudades, con gente armada le seguían, y le escapó Dios muchas veces con vida. Pero como las tribulaciones son los despertadores de la distracción humana, fue servida la Majestad Divina de despertarle del letargo en que yacía, con una aguda y grave enfermedad que le puso en el último peligro".
Y sucedió que un día, cuando escapaba de raptar mineros en el Cerro de San Pedro, como la noche era tan cerrada, su caballo dio un traspiés y cayó con él en las duras peñas, rajándose la cabeza. Perdió el sentido, echaba sangre por la herida y por las narices y la boca, tánta que sus compañeros no creían que pudiera retener el alma. Le acomodaron en una parihuela de ramas de mezquite, y así le trajeron a depositar en el Hospital de los Hermanos de San Juan de Dios.
Yaciendo Regoitia en lo postrero, el repentino achaque le repercutió en el alma. Vióse tan a punto de perderla y tan desapercibido de buenas obras y tan repleto de males, que, al instante, cuando hubo recobrado los sentidos, repasando su desorbitada vida, pidió los Sacramentos, los cuales recibió con un dolor y arrepentimiento mayor que sus pretéritas maldades. En los incansables días que sucedieron luego, se aparejó mejor aún para su tránsito, que se veía muy cierto. Los amorosos desvelos de los Hermanos Hospitalarios lo fueron sacando más y más a la vida, hasta dejarlo en cabal salud.
Viéndose con ella, confirmó el santo propósito de enderezar sus pasos. Se encaminó a Zacatecas, otrora teatro también de sus fechorías, y en aquel convento vistió las ropas de lego franciscano.No quiso ser más, porque de más se consentía indigno. Según la usual trocadilla de la religión que voluntariamente abrazó, tiró el viejo nombre junto con las costumbres viejas y tomó el humildísimo de fray José de San Gabriel y fue otro en todo.
Al riguroso arrepentimiento y trueque de nombre y vida, el antes licencioso cántabro asoció el continuo ejercicio de inusitadas penitencias y de inenarrables trabajos entre los mineros de vida desgarrada y entre los bárbaros de muy ásperas costumbres. El mismo denuedo y temeridad que aplicó en la consecución de sus desbaratados apetitos, el mismo aplicó en sus apostólicos afanes de lego misionero. Sin otro bastimento que un puño de esquite en su escarcela, raído el hábito que llevaba, sin más sobre las carnes que desecó la perenne penitencia, recorría las misiones de Río Blanco y Matehuala y los Reales de las Charcas, Ramos, San Matías de Pinos y San Luis, apartando a unos de la mala vida, confirmando a otros en la buena y edificando a todos con su ejemplo.
No daba a su cuerpo más que dos horas de sueño en las veinticuatro, y aún eso le parecía mucho. Así, ardiendo en celo por la expiación de sus maldades, llegó al cabo de sus días. Fray José de Arlegui, por lo mucho que este buen franciscano hizo en la otra parte de su vida, lo pondera tanto que lo llama, como lo llamó la gente, el Venerable Fray José de San Gabriel.

Referencia bibliográfica: Montejano y Aguiñaga, Rafael. "Del viejo San Luis" pp.67 a 71.

 

 

 


Ilustración de la portada del libro
"Del viejo San Luis"
de Rafael Montejano y Aguiñaga



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